Cuando adelantamos nuestros quehaceres en la casa, el trabajo o la escuela con alegría y entregando lo mejor de nosotros mismos, el resultado siempre será alentador. Si amamos nuestro trabajo, cualquiera que éste sea, y lo hacemos con entusiasmos pues consideramos que es importante y valioso, nos resultará mucho más fácil e incluso agradable. No sólo el descanso y las diversiones producen placer, también la satisfacción de la tarea bien realizada y del esfuerzo justificado.
El trabajo no es enemigo de la diversión, del descanso o de los sueños merecidos y reparadores. Su enemigo es la pereza que nos impide aprovechar nuestro talento para obtener al máximo provecho de todo lo que hacemos.
Las hormigas son ejemplo clásico de laboriosidad por su organización, su colaboración mutua y su dedicación al trabajo sin ahorrarse el más mínimo esfuerzo.
“El trabajo no es deshonra” si lo hacemos con amor. Lo que nos puede deshonrar no es la clase de trabajo que realizamos sino nuestra actitud hacia él; si trabajamos en buena disposición, lo dignificamos, de lo contrario, lo hacemos parecer indigno o insignificante.
La holgazanería, la irresponsabilidad y el descuido no son buenos compañeros de trabajo.

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