Las personas honestas son transparentes, no tienen nada que ocultar y por lo tanto no necesitan actuar a escondidas. Somos honestos cuando expresamos lo que sentimos, cuando somos francos, cuando tenemos la capacidad y el valor de reconocer y decir siempre la verdad. La honestidad es indispensable para la vida en comunidad pues permite hacer la confianza entre sus miembros, lo mismo que el respeto. Una persona honesta puede confiar en quienes la rodean y a la inversa, mientras que la deshonesta no tiene esa posibilidad ya que, como dice el refrán, “Cada ladrón juzga por su condición”.
Debemos ser honestos no solo con los demás sino también con nosotros mismos. No debemos mentir a los demás ni mentirnos a nosotros. Ni engañar, engañarnos, la mentira oculta fácilmente, pero una mentira nos puede llevar a otra y luego a otra y todo se vuelve tan fácil, en apariencia, que, sin darnos cuenta, hemos adquirido este hábito y nos convertimos en mentirosos.
Así como la honestidad es un ingrediente esencial en la amistad y en todas las relaciones humanas, también lo es en el trabajo y en el estudio. Trabajar o estudiar con honestidad implica esmerarse en hacer lo mejor, de la mejor manera y con los mejores resultados, respetando siempre a los demás.
El robo, la mentira, el engaño, el soborno, son las herramientas que usan los deshonestos para conseguir sus propósitos.



